La Opinión de los Moneros

Por Josué Randú 20 de septiembre de 2008

Los moneros, con su perspectiva crítica -que ya desearian muchos periodistas- le dedicaron sus trabajos al hecho que conmocionó al pais.

Nuestra Señora de la FACICO

Por Josué Randú 18 de octubre de 2007

Gloriosa aparición mariana en la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación dejó atonitos a propios y extraños.

Grito de Dolor

Por Josué Randú 20 de septiembre de 2008

Mucho se ha hablado de las explosiones en Morelia. Lo ocurrido el 15 de septiembre de este año se convirtio en la noticia del año y en el suceso ha pasmado a los mexicanos. ¿Qué nos esta pasando como nación?

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Such a lonely day
And its mine
The most loneliest day of my life

Such a lonely day
Should be banned
It's a day that I can't stand

The most loneliest day of my life
The most loneliest day of my life

Such a lonely day
Shouldn't exist
It's a day that I'll never miss
Such a lonely day
And its mine
The most loneliest day of my life

And if you go, I wanna go with you
And if you die, I wanna die with you

Take your hand and walk away

The most loneliest day of my life
The most loneliest day of my life
The most loneliest day of my life
Life

Such a lonely day
And its mine
It's a day that I'm glad I survived


Esta es una de mis canciones favoritas. Una mezcla de sedantes percusiones y una letra que nos da una forma de sobrellevar la soledad: disfrutar la vida y tener una razón para vivirla.
Cubierto de jiras,
al ábrego hirsutas
al par que las mechas
crecidas y rubias,
el pobre chiquillo
se postra en la tumba,
y en voz de sollozos
revienta y murmura:
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras.

Recitado anualmente en festivales del día de las madres hasta el hostigamiento, Mamá soy paquito es uno de los poemas mas famosos del veracruzano Salvador Díaz Mirón.

A pesar de seguir los pasos de su padre en el periodismo y la política, fue la literatura y en particular la poesía lo que cautivo a Díaz Mirón.

Mujeriego empedernido y amante de los duelos por honor, plasmó en sus obras la belleza de sus mujeres y la delicadeza de sus voces.
Siendo en uno de estos poemas, A gloria, donde plasmo su famosa frase:
Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan... ¡mi plumaje es de esos!

Su temperamento lo llevo a prisión en dos ocasiones, la primera por asesinar a alguien -aunque argumentando defensa propia fue liberado- y la segunda por intentar hacerlo.

Fue elegido miembro de la Academia Mexicana en tiempos en que la revolución mexicana estaba por comenzar, logrando mantener su vida y su prestigio en aquellos años en que los intelectuales eran perseguidos y repudiados por el pueblo.

Por su trayectoria en la política y la literatura mexicana -donde fue precursor del Modernismo- después de su muerte, el 12 de junio de 1928, sus restos fueron llevados a La Rotonda de las Personas Ilustres donde descansan hasta el día de hoy.

A diferencia de la escritora cubana Zoé Valdez, mis mejores amigos no son homosexuales, mis hermanas tampoco lo son. Bueno, al menos eso parece, porque caras vemos... Quizás en la clandestinidad (iba a decir intimidad, pero eso es otra cosa) a mis amigos se les haga agua la canoa, se les voltee el calcetín o, por qué no, bateen por los dos lados. Y esto también va para mis hermanas. ¿Quién lo puede saber? A lo mejor ni siquiera se han dado cuenta del gusto (reprimido) que tienen hacia alguna persona del mismo sexo. ¡Pero cómo va a ser eso! ¡Es una cochinada! ¡Contra natura! ¡Dios nos perdone y proteja! Además, y si lo llegara a saber fulanita y zutanita, pa’ que te cuento. Caramba, mejor seguir así, “normalitos”, aunque a veces...

A veces me encuentro con personas que no tienen empacho en decir y vivir a su modo, si lo sabe Dios que lo sepa el mundo. Y viven felices, o al menos con esa alegría que ya quisieran muchas parejas heterosexuales. Celebro esta actitud. Creo que fue Michel Foucault quien sostenía que lo que incomoda a la sociedad no es que dos personas del mismo sexo tengan relaciones, sino lo imperdonable y perturbador es el modo de vida que llevan. Si será cierto. Ese es el miedo terrible a la homosexualidad, al mundo y vida gay, lésbico y demás “desviaciones”. Porque la gente supuestamente “normal” ve con ojos desorbitados que dos hombres o dos mujeres se paseen agarraditos de la mano, ya no digamos besándose en la vía pública. ¡Qué horror! “¡Degenerados!”, gritaría mi abuela.

“¿Por qué no soy yo tu cuerpo/sobre mi cuerpo desnudo/para abrazarme a mi tronco/y sentir, de ti, mi fuego/ascendiendo por mis muslos?”, versificó Elías Nandino. No, pos sí. Porque finalmente la vida es de quien la vive, ¿no? Groucho Marx escribió: “Hace tiempo conviví casi dos años con una mujer hasta descubrir que sus gustos eran exactamente como los míos: los dos estábamos locos por las chicas”. ¡Sopas!

Pero a qué tanto cuento con esto. Tanto cuento en respuesta a tanto escándalo por la Ley de Sociedad de Convivencia para el Distrito Federal aprobada hace poco y puesta en marcha hace menos, y también porque ahora, en Veracruz, ciertos flamantes diputados del Congreso del Estado pretenden dizque enarbolar una causa y una lucha sin conocer siquiera el peso semántico, cultural, social y religioso que representa el movimiento gay. Estas posiciones políticas huelen más a oportunismo electorero que a defensa real de intereses ciudadanos, como suele ocurrir en muchas ocasiones. Porque si a esas nos vamos, cuántas leyes o iniciativas de reforma sumamente importantes están pendientes y hasta congeladas. Que nos contesten nuestros legisladores locales.

Pero bueno, ¿que qué pienso de la Ley de Sociedad de Convivencia? Sin ser simplista es tan sencillo el asunto –qué perogrullada, ¿verdad?-, porque se trata de un texto jurídico que reconoce el derecho de que cada quien viva con quien desee hacerlo y, sobre todo, que se reconozcan plenamente las responsabilidades y prerrogativas que las personas adquieren cuando toman tal decisión. ¿Hasta aquí ve usted algún problema? Supongo que no; el problema es cuando la sociedad piensa que la homosexualidad es... (aquí agregue el lector lo que guste).

Pero para qué hacernos penjamos si se tiene constancia y documentación de prácticas homosexuales desde los mismos albores de la humanidad, en todas las épocas y civilizaciones. Acaso no recuerdan que las antiguas sociedades griegas y romanas toleraban e incluso celebraban las relaciones de personas del mismo sexo, aunque ciertamente no fueron reconocidas socialmente, mucho menos jurídicamente. Acaso no recuerdan las bellas obras llamadas homoeróticas, como la Oda a mis amantes, de Paul Verlaine quien junto con Arthur Rimbaud escribió Soneto al ojo del culo, para no hablarles de tantas y tantas obras del mismo talle homoerótico.

¿Sabe usted lo que dijo Sabina Berman ante la presencia de los novios Antonio Medina y Jorge Cerpa cuando refrendaron con un beso su amor por primera vez en unión gracias a la Ley de Sociedad de Convivencia?: “Con un beso hoy se desplomaron 30 siglos de intolerancia”. Y aclaró que no sólo los homosexuales tiene derecho a utilizar esta Ley, sino también gente que por años han compartido un lugar juntos, como un sacristán y un cura (¿a poco?), dos amigos o dos octogenarios que entre sí se las arreglan para salir adelante. (Diario de Xalapa/17 de marzo/2007).

Groucho Marx dijo que “el matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución”, aunque la Ley de Sociedad de Convivencia no propiamente constituye el matrimonio gay. Pero en todo caso, como escribió Víctor Hugo, “el matrimonio, como los injertos, prende bien o prende mal”. Vaya, que el amor es un juego; el casamiento un negocio, pensaba Alberto Moravia.

Mi caro lector se preguntará si un servidor es gay, o al menos con esa tendencia... ¡glup! Cuento con una respuesta: si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé.

Publicado por Jorge Arturo Rodríguez en alcalorpolitico.com el 23 de Abril de 2007
Publicado sin fines de lucro o plagio intelectual

Sabiduría

por Josué Salazar 1 comentarios
A los 9 años aprendí que la profesora me preguntaba solo cuando yo no sabía la respuesta.

A los 10 aprendí que se podía estar enamorado de más de un chico a la vez.

A los 12 aprendí que, si tenía problemas en la escuela, los tendría más grandes en casa.

A los 13 aprendí que, cuando mi cuarto quedaba justo como a mí me gustaba, mi mamá me mandaba a ordenarlo.

A los 15 aprendí que no debía descargar mis frustraciones en mi hermano menor porque mi padre tenía frustraciones más grandes que las mías y la mano más pesada.

A los 17 aprendí que se podía tener sexo con más de un chico a la vez.

A los 19 aprendí que era más lindo tener sexo con solo uno a la vez.

A los 20 aprendí que se puede hacer muy feliz a alguien con solo usar la boca.

A los 21 aprendí que no se cometen muchos errores si se mantiene la boca cerrada.

A los 22 aprendí que los grandes problemas empiezan pequeños.

A los 25 aprendí que jamás debía elogiar la comida de mi madre cuando estaba comiendo algo cocinado por mi pareja.

A los 27 aprendí que el título obtenido no era la meta soñada.

A los 28 aprendí que se puede hacer en un instante algo que te pude doler toda la vida.

A los 36 aprendí que siempre que estoy viajando me gustaría estar en casa y que siempre que estoy en casa quisiera estar viajando.

A los 39 aprendí que puedes intuir que tu pareja te ama cuando (en el colmo de las miserias) quedan solo dos galletas y él elige la menor.

A los 42 aprendí que, si estás llevando una vida sin fracasos, es porque no estás corriendo los suficientes riesgos.

A los 45 aprendí que niños y viejos son aliados naturales.

A los 55 aprendí que es absolutamente imposible tomarse vacaciones sin engordar por lo menos cinco kilos.

A los 60 aprendí que es razonable disfrutar del éxito, pero que no se puede confiar demasiado en él.

A los 63 aprendí que no puedo cambiar lo que pasó, pero puedo dejarlo atrás.

A los 65 aprendí que la mayoría de las cosas por las que me he preocupado jamás han sucedido.

A los 67 aprendí que si esperaste a jubilarte para disfrutar de la vida, esperaste demasiado tiempo.

A los 71 aprendí que nunca debes irte a la cama sin haber resuelto la pelea.

A los 72 aprendí que, si las cosas van mal, yo no tengo por qué ir con ellas.

A los 76 aprendí que envejecer es importante.

A los 91 aprendí que amé menos de lo que hubiera debido.

A los 92 aprendí que es mucho todavía lo que tengo por aprender.

Aun tengo 20 años y ya sé que tengo mucho que aprender.

Publicado originalmente en ¿Hoy qué es: Ayer o Mañana?

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